El trabajo con la atención (flexibilidad y pendulación):
Cuando trabajo con una persona en consulta, me da una información muy valiosa ver hacia dónde y cómo dirige su atención.
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En un sistema nervioso sano, nuestra atención es flexible y se pone al servicio de lo que nos requiere el momento presente. La atención “se pasea” entre los distintos aspectos que conforman esta experiencia del presente (sensaciones corporales, estímulos externos, pensamiento, experiencias pasadas, propiocepción). La información que recogemos es lo que nos permite atender de manera adaptativa lo que el momento esté requiriendo.
Eso sería lo ideal, y luego está lo que pasa.
Y lo que suele pasar es que en nuestro proceso de desarrollo hasta convertirnos en personas adultas, aprendemos a prestar atención a algunas cosas y a disociarnos de otras. Detectamos aspectos concretos de nuestro entorno a los que nos conviene estar atentos para podernos adaptar mejor. Y cuando digo entorno, hablo sobretodo de un sistema familiar que ya tenía sus inercias y configuraciones cuando nosotros llegamos a él.

Esas maneras en que quedó fijada nuestra atención siguen presentes en nosotros a día de hoy, aunque el entorno haya cambiado.
Un aspecto importante del trabajo que hago con mis pacientes es ayudarlos a recuperar la capacidad de atender y sensibilizarse a aspectos de su experiencia que están en segundo plano, como vía a una experiencia más completa del mundo y de su vida.
El “gota a gota” (los ritmos lentos):
La lentitud está muy presente en mi trabajo. Y es verdad que muchas veces los pacientes llegan con prisa y con ganas de resolver.
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Y es otra verdad como un templo que la prisa es una forma de violencia que a menudo hemos integrado sin cuestionarla.
Hacer de la paciencia nuestro aliado aporta al proceso compasión. Aprender a relacionarnos con esas otras partes nuestras desde la curiosidad es la semilla para que el cambio se produzca desde un lugar que pueda contener nuestro ser genuino.
Es mágico lo que ocurre cuando puedes ser encontrado por alguien que no tiene prisa por que cambies y que tiene espacio para quien eres.
Las barreras y defensas que llevamos encima a la hora de relacionarnos con el mundo responden a estrategias adaptativas que en su momento nos salvaron la vida. Desconectarnos de ciertas cosas fue lo que tuvimos que hacer para relacionarnos con aspectos abrumadores de nuestro entorno.
Aquellas estrategias de supervivencia no fueron decisiones tomadas conscientemente. Son automatismos que vienen de la parte más antigua de nuestro cerebro, la que se encarga de comprobar si el entorno es seguro. Ir pendulando desde ellas hacia estados de conexión trata justamente de ir afianzando la sensación de seguridad sentida en el cuerpo, y pasa por que la persona pueda ir dando espacio a sus sensaciones sin llegar a sentirse abrumada por ellas.

Y eso tiene que ver con poder hacerlo de a poquito, en pequeñas dosis, gota a gota.
De abajo a arriba (el nivel somático):
Esta expresión se refiere a que en el reprocesamiento del trauma el primer nivel que atendemos es el de las sensaciones corporales.
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Trauma no es lo que pasó, sino aquella energía que quedó atrapada en el cuerpo cuando aquello que pasó fue demasiado rápido, demasiado intenso y fue vivido en soledad.
La terapia aporta las condiciones de tiempo, espacio, apoyo y compañía para que aquello que desde el inconsciente quedó atrapado en la memoria corporal pueda procesarse ahora desde la consciencia. Hay aquí un proceso importante de aprender a estar con nuestras sensaciones. El antídoto frente a «sentirnos inundadas» por ellas es explorarlas a un ritmo que se sienta adecuado, con sutileza y con cuidado.

Conforme el paciente va pudiendo contactar con la sensación sentida de seguridad y con el apoyo del terapeuta, se da un proceso hermoso en el que aparece un adulto que es capaz de acompañar a ese niño en lo que pasó, y diferenciar al mismo tiempo que aquello ya no está pasando.
Ese espacio intermedio en que no nos negamos el dolor vivido, pero estamos suficientemente anclados en el presente para que ese dolor no nos arrastre, permite que la energía que nuestro sistema nervioso tiene puesta en estrategias de supervivencia se vaya liberando y empiece a estar disponible para experiencias de conexión.
Integración vs. fragmentación (el trabajo con las partes):
Poder dar la bienvenida a todas nuestras partes es la puerta a un trabajo profundamente transformador.
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Y no tiene que ver con una actitud ingenua de “todo está bien”, sino con poder ver la salud también en las partes de nosotros que menos nos gustan. Y esto sucede cuando podemos tener la experiencia de acogerlas en toda su profundidad como manifestaciones de salud y sabiduría que nuestro sistema nervioso tuvo que desplegar para sobrevivir en un momento en que esa era la única opción.
Y ya he dicho que lo primero que nombra un paciente son todas las cosas que necesita cambiar, y es un deseo muy entendible aunque quizás no venga del lugar más adecuado… Párate un momento y piénsalo; ¿No se parece esto mucho a lo que tuvimos que hacer de pequeñitos, cuando nuestro ímpetu de explorar el mundo y nuestra energía expansiva se encontraron con los límites de lo correcto y con las dificultades de nuestros cuidadores para recibirnos en nuestro amor desbordante?

Poder acoger esas partes más molestas tiene que ver con comprender qué sentido tuvieron en aquellas etapas tempranas, no desde el intelecto sino desde el corazón.
Las personas a quienes acompaño a menudo me dicen que nunca habían sentido tanto espacio para todas sus partes y esto toca un lugar muy profundo. De repente ese adulto es testigo del dolor del niño y el niño se siente visto por primera vez. Y desde ahí sí que se pueden empezar a hacer las cosas de manera distinta.
Hay una violencia estructural tremenda en esa invitación a cambiar si no podemos antes acoger el sentido que tuvo hacerlo como lo hemos hecho hasta ahora. Cualquier cambio que no incluya una actitud amorosa y compasiva perpetuará esa violencia en la sociedad.
Y desde mi modesto lugar como terapeuta, doy a mi granito de arena en esto un lugar sagrado.
Trabajar desde el adulto (y en el presente):
El trauma se cura en presencia de un testigo empático y cuando se dan las condiciones de seguridad que no existieron en el pasado.
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Entonces lo que hago como terapeuta es encarnar la compañía y la presencia. Traigo a la consulta las condiciones de seguridad que faltaron.
En este contexto de seguridad y compañia y a medida que avanza el proceso de terapia, es común que aparezcan sensaciones y memorias que tienen que ver con el pasado y que pueden ser activadoras. Ahí, oriento al paciente a su edad actual y a sus recursos de ahora. Esto es sumamente importante, y tiene que ver con el proceso atencional que nombraba en el primer punto.
Cuando aparecen sensaciones que vivió el niño, es importante que sea siempre el adulto quien las explore.
El paciente explora con un pié en en el presente y el otro en el pasado, desde las condiciones y los recursos de su yo adulto. Yo lo acompaño y lo guio para que esa exploración se mantenga dentro de una ventana de tolerancia.
Algo importante que ocurre en el reprocesamiento del trauma es que el paciente va aprendiendo a tolerar y “amigarse” con sus sensaciones, y experiencias que típicamente le llevarían al miedo y al aislamiento empiezan a poder vivirse desde la curiosidad y la conexión.

Cuando en terapia decimos que alguien está funcionando o relacionándose “desde su niño”, significa que la persona está respondiendo a una situación actual de una forma desproporcionada. Eso tiene que ver con que algo del presente se ha sentido abrumador y ha activado una sensación de indefensión que fue real en la infancia, pero no es coherente con el presente.
Afianzar ese lugar de adulto que explora, permite al sistema nervioso diferenciar lo que sucedió en el pasado de lo que sucede ahora. Abre espacio para acoger el dolor de ese niño con la empatía y amorosidad que faltó, y finalmente poderse relacionar con el presente desde el presente.
Al fin y al cabo, relacionarnos con los demás en experiencias de conexión en lugar de hacerlo con estrategias de supervivencia es lo que cualquier mamífero anhela, porque somos seres sociales y nos nutrimos en el vínculo.
Si el trauma se cura en presencia de un testigo empático, es verdad que el primero que aparece es el terapeuta, pero el testigo más importante y el que se va consolidando en el proceso es el propio paciente para consigo mismo.
Orientarse a la salud:
Un hecho diferencial de la terapia integrativa es que no vamos a llevar la atención a la herida en sí ni al relato de lo que sucedió.
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En lugar de eso vamos a trabajar en poder reconocer que el presente es un lugar seguro, porque orientarse a la seguridad en el presente de manera regular y consistente es lo que nos permite diferenciar aquello que fue de lo que está siendo ahora.
Es importante entender que si bien los estados de alerta se activan de forma inconsciente y vienen de una parte del cerebro que no tiene que ver con la voluntad (el tallo cerebral), el proceso de recuperar la sensación de seguridad en un entorno que es seguro sí se hace desde la parte voluntaria y consciente del cerebro (el córtex prefrontal).
Cuando hablo de orientarse a la salud me refiero a poder dirigir la atención a los elementos del entorno que nos hacen sentir seguros y a cómo esa seguridad se siente en el cuerpo. Desde ese trabajo de atención el sistema nervioso puede ir poco a poco soltando inercias que tienen más que ver con la supervivencia y moverse hacia la conexión.

Es esencial validar lo que sí está bien, lo que sí está funcionando. Eso va a dar una buena base de sostén para trabajar con aspectos más difíciles o desafiantes.
También, apreciar la salud que hubo en los mecanismos de supervivencia que adoptamos cuando las condiciones no nos permitían otra opción. Eso nos sitúa en un lugar más compasivo. Desde ahí hay más flexibilidad para pendular hacia estados de conexión que si sólo nos orientamos a lo que está mal y a lo que queremos cambiar.
El vínculo terapéutico:
Un buen vínculo terapéutico es la base de la reparación en el trabajo con el trauma. Es el lugar que aporta las condiciones para que esa historia que se vivió en peligro y soledad pueda ser escuchada en seguridad y compañía.
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El terapeuta no tiene que tener todas las respuestas, ni soluciones, ni consejos. Su función esencial es la de ser ese testigo empático ahí donde no lo hubo.
A menudo utilizamos la expresión «suficientemente bueno» para referirnos al vínculo terapéutico. El terapeuta no es un ser de luz, es un ser humano que trabaja desde su humanidad. En ese vínculo y a través de él se va a contar de nuevo la historia del paciente. Lo reparador es que haya consistencia en la presencia y en el apoyo sin importar cuánto se juegue en la transferencia. Ser recibidos en nuestras defensas es una experiencia profundamente reparadora.
La consistencia y el apoyo en el vínculo son importantes para aportar la experiencia de corregulación. También lo es el trabajo del terapeuta con su propio sistema nervioso.
Esta última parte es esencial. Demasiadas veces hubo desregulación en el sistema nervioso de los cuidadores y el niño tuvo que aprender a hacerlo solo, cuando lo natural es que el sistema nervioso del bebé se pueda corregular a través de la madre. Entonces esa experiencia necesita ser re-aprendida en el presente.
La parte más importante es que el terapeuta necesita haber pasado ese proceso por su cuerpo (necesita haberlo incorporado, no sólo conocerlo) para poder acompañar a otros en esa travesía.

Me gusta pensar que el terapeuta hace la función de puente entre el paciente y la vida. Todos esos pequeños pasos que está queriendo dar, tendrán que pasar primero en consulta, en el marco de las sesiones y desde las condiciones de seguridad que aporta el vínculo.
Ventana de presencia (ventana de tolerancia):
La ventana de tolerancia o ventana de presencia tiene que ver con mantener la exploración dentro de los límites de lo tolerable. Es dentro de esa ventana donde el trauma se va a poder reprocesar.
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En la psicoterapia integrativa prestamos atención al estado del sistema nervioso. Estamos atentos a cuando aparecen estados de activación o congelación que quedan fuera de la ventana de presencia y que sacan a la persona del estado de conexión y de la sensación de seguridad sentida, para poderla traer de vuelta.

Un aspecto diferencial del acompañamiento terapéutico sensible al trauma y de mantenernos en el presente es que puede darse mucha apertura si el paciente se siente respetado en su ritmo. Es a partir de mantenernos dentro de esa ventana que puede haber reprocesamiento e integración de la experiencia.