Psicoterapia con enfoque sensible al trauma

Definamos trauma:

Para empezar a orientarnos en este mapa, me gustaría explicar qué entendemos por trauma desde la psicoterapia. Es un concepto que está muy integrado en el lenguaje popular, pero vamos a ver qué implica en términos clínicos.

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Lo primero y más importante es algo que el psiquiatra Gabor Maté expresa con gran belleza: Trauma no es lo que pasó, sino la energía que quedó atrapada en nuestro cuerpo como consecuencia de ello. La buena noticia de esto es que no podemos hacer nada con lo que pasó, pero con la energía que quedó en nuestros cuerpos sí podemos trabajar. 

Y en consulta se ve muy bien eso. Los supervivientes de trauma generalmente no llegan con el relato de lo que pasó, sino con un conjunto de síntomas que les están dificultando estar en el presente.

Lo segundo es que puede haber muchos grados de trauma.

Algunas veces sí es claro lo que sucedió; hechos impactantes que todos estaríamos de acuerdo en etiquetar de traumatizantes (abusos físicos o sexuales, acoso escolar, guerras…). Otras veces son cosas más sutiles pero sostenidas en el tiempo: Mamá o papá se asustaban mucho cuando me caía al suelo y me hacía daño, y entonces no tenían espacio para acompañarme en mi propio susto. O siempre me comparaban con mi hermano que era más bueno y sacaba mejores notas, o con ese amiguito que jugaba tan bien al fútbol, para motivarme a mejorar.

Muchas otras veces ni siquiera hay relato, o aparece una memoria difusa de esos años pero es el cuerpo el que nos está contando una historia. Y esa historia puede tener muchos matices distintos pero es siempre una historia de protección y soledad.

Lo tercero es que el trauma a menudo tiene muchas capas.

Un niño, por ejemplo, que tuvo una madre muy desregulada emocionalmente. En sus primeros años de vida le tocó aprender a estar pendiente de las reacciones de mamá. Su sistema nervioso, en lugar de aprender a regularse a través del vínculo con sus cuidadores, se especializó en estar alerta. Lo visualizas? Un niño que nunca sintió seguridad. De adulto probablemente se siga vinculando desde esa sensación de alerta, quizás teniendo poco espacio para la emocionalidad de su pareja, quizás siendo demasiado complaciente y estando desconectado de sus necesidades… (inserta aquí tu ejemplo). 

Hay capas de trauma que se transmiten entre generaciones. Aún escucho a personas justificar el castigo físico a sus hijos con eso de “a mí mi padres me pegaban de vez en cuando y tampoco he salido tan mal”. Se sabe mucho hoy del daño que provoca el abuso físico en un niño. Esta frase es un claro ejemplo de trauma transgeneracional. La persona que dice esto no está pudiendo hacerse cargo del daño que supuso para él esa experiencia, y la ha incorporado como un lenguaje de amor. “Me duele más a mí que a tí” es otro clásico.

Hay capas de trauma que heredamos de generaciones atrás, y hay otras capas que vienen de un lugar previo al lenguaje y por lo tanto no llegan con un relato. El trauma perinatal, por ejemplo… antes, a menudo, se separaraba a los niños de su madre al nacer. O un bebé que tuvo una secuencia de parto difícil, que venía de nalgas, o con el cordón enredado. O la presencia de toxicidad en la gestación: drogas, alcohol, medicación, o una madre muy triste porque justo durante el embarazo murió repentinamente alguien muy importante para ella… Hoy se sabe que estas experiencias tempranas dejan su impronta en el sistema nervioso, muy desde el cuerpo, muy desde algo que se percibe como propio, identitario. Y esas capas profundas también pueden encontrar espacios de reparación.

Una vez dibujado, la orientación es clara: no importa lo que pasó, de dónde viene, ni cuán profundo esté. El mapa del trauma es somático. Lo navegamos desde las sensaciones corporales, en el presente y en compañía. Ponemos énfasis en validar mucho la historia que el cuerpo nos va contando y las capas que tuvo que poner en esa historia de soledad y protección, para que desde el presente se abra la opción de hacerlo de otra manera.

Y la manera en que hago eso te la voy a ir desgranando, si estás curioso, a medida que vayas explorando esta página web. No importa el orden.

Acompañamiento con enfoque sensible al trauma:

En una terapia sensible al trauma, la atención está puesta en el sistema nervioso.

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El sistema nervioso autónomo tiene dos grandes funciones. Una es regular nuestras funciones homeostáticas (ritmo cardíaco, respiración, procesos digestivos, flujo sanguíneo y sistema inmune). La otra es chequear, varias veces por segundo, si el entorno es seguro y de activar recursos que nos pongan a salvo si no lo es.

Seguramente ya habrás leído acerca de las respuestas de lucha-huída o de congelación así que no voy a entrar en eso ahora. Sí es importante entender que ambas son respuestas adaptativas a una situación de estrés o peligro. Un sistema nervioso sano es flexible, y  pendula constantemente entre éstas y un estado más neutro que solemos llamar de regulación o de conexión.

En historias de vida donde ha habido trauma, al sistema nervioso le cuesta más pendular y tiende a irse hacia uno de los estados de activación, sea el de lucha-huída o el de congelación. Esto no tiene que ver directamente con lo que sucedió, sino con que en ese momento no se dieron las condiciones para que la persona pudiese procesarlo. Estas condiciones son seguridad, apoyo y compañía. Que haya alguien ahí que valide y acoja nuestro dolor y que nos haga sentir seguros y protegidos. Cuando eso no sucede, el sistema nervioso queda atascado en su respuesta de activación.

En otras palabras, a menudo a nivel cognitivo podemos entender que el peligro ya pasó, pero nuestro sistema nervioso sigue funcionando como si siguiésemos estando en peligro. 

Para algunas personas, supervivientes de trauma complejo o severo, el sistema nervioso está fijado en uno de los modos de activación y no pueden pendular hacia sentir seguridad y conexión. En casos menos agudos (y eso nos incluye a la mayoría), lo que sucede es que hay un movimiento facilitado hacia la lucha-huída o hacia la congelación. Ante estímulos o situaciones que nos recuerdan por asociación (consciente o inconsciente) a eso que sucedió, nuestro sistema nervioso se volverá a activar y dejaremos de sentirnos seguros. Aunque en el presente no haya una amenaza real, e incluso aunque cognitivamente podamos reconocer que no la hay, el sistema nervioso estará enviando señales de peligro.

En una terapia sensible al trauma, se pone el sistema nervioso en el centro. Esto significa que yo voy a estar atento a las señales que me indican cuándo te estás activando, y aportaré al campo las condiciones de lentitud, compañía, apoyo y seguridad. Damos tiempo y espacio para que tu sistema nervioso vaya chequeando que estas condiciones están y que son consistentes. Y de ahí lo que suele suceder es que puedes  empezar a experimentar un estado de regulación y de seguridad en el vínculo conmigo en consulta. Y desde esa consistencia exploramos e incorporamos recursos que te permitan regularte y sentirte segura en tu vida.

Me parece importante nombrar que en ningún caso se trata de explorar o regresar a la memoria del hecho traumático. Aportamos, en cambio, las condiciones que permitan que el sistema nervioso pueda reconocer que aquello ya pasó e ir experimentando cómo es sentirse seguro en el presente. 

Y eso también necesita darse con mucho mimo y delicadeza, de forma sutil, en pequeñas dosis y a un ritmo que se sienta adecuado. La seguridad y la compañía también se pueden sentir desafiantes para un sistema nervioso que tuvo que aprender que la soledad era el único lugar seguro.