Quién soy

Si hubiera un “yo”, la primera palabra sería hombre. Me gusta añadirle tierno, y también afortunado.

Le seguiría hijo, de unos padres que sin duda me quisieron con locura y de sus sistemas familiares, con toda su herencia de dolor y desconexión y también de amor a la vida.

En ese contexto nací tierno y poco a poco me endurecí. Por eso me gusta re-conocerme tierno, y justo en eso afortunado.

De la escuela primaria tengo mal recuerdo. Allí pasaron cosas que hicieron que algunas partes de mi se fueran a esconder a un lugar del que me ha llevado mucho trabajo rescatarlas. Entonces la siguiente palabra sería confianza, y el recorrido para volver a darle espacio, mi camino de vuelta a casa.

Hay otra parte de mi infancia igual de importante; la del contacto con el campo de la mano de mi abuelo, que dejó una honda impronta de amor y presencia y ha sido refugio y fuente de recursos en ese camino de regreso.

La siguiente es hermano. Soy mellizo. En el sentido estricto, nuclear y también en el más amplio. Nombrar esa palabra repara. De un vivirme aislado a poderme hermanar, sentirme formar parte.

Otra palabra (una más, y en este escrito la central) es terapeuta.

Estudié psicología, sin saber muy bien porqué en aquel entonces (ahora sí lo sé). En la carrera no hay mucha introspección, pero me dió la oportunidad de conocer a otras personas que sentían parecido a mí. Encontré un grupito de amigos y profesores con los que nos reuníamos después de clase para estudiar a Freud y hablar del inconsciente. Y, lo más importante, empecé terapia.

Al terminar la universidad no me sentía con herramientas ni madurez suficientes para acompañar otras personas en consulta, y se me dió orgánicamente la oportunidad de ganarme la vida con la fotografía que era mi pasión. En ese momento empezó una muy disfrutada etapa como fotógrafo que en aquel momento parecía el fin de mi camino como terapeuta y que resultó ser un paréntesis de 15 años hasta que descubrí el Shiatsu.

En todos esos años, abandoné la idea de ser psicólogo pero no mi búsqueda espiritual a través de distintos caminos.

De manera casual en 2009 entro en contacto con el Shiatsu, me enamoro de su filosofía y me formo como profesional. Ahí entiendo por primera vez algo que nadie me enseñó en la universidad: que cualquier proceso pasa por el cuerpo y que necesitamos trabajar en ambos niveles; corporal y cognitivo, para que haya transformación. Empezar a recibir y dar sesiones de Shiatsu supuso mi vuelta al mundo de la terapia y durante años éste y la MTC fueron el corazón de mi manera de acompañar.

A la formación en Terapia Gestalt le tengo que agradecer el nivel de profundidad y consistencia en esto que es comprometerse a seguir mirando dentro de uno aunque lo que encuentres no sea bonito y a veces apetezca mirar a otro lado.

Luego llegaron el Postgrado en Cuerpo y Arte, los SAT, el movimiento auténtico, los círculos de hombres, el estudio del budismo, el trabajo transpersonal… y todo ayudó! Creo que la formación continuada es esencial para un terapeuta.

Pero lo que he aprendido en mi proceso personal y desde donde acompaño a mis pacientes es que no hay soluciones mágicas, ni grandes respuestas ni saltos cuánticos que realmente sirvan…

Está el día a día. Ralentizar, descomprimir. Aprender a tolerar nuestras sensaciones y conocer nuestras defensas. Y ahí aparece la posibilidad de hacerlo distinto en lo pequeño. De decidir. Ahí está el cambio. El contacto con la parte más genuina e incondicionada de uno se construye a través de este proceso atencional. Dejamos de huir de nosotros mismos cuando atravesar la incomodidad es una opción.

Yo sé que hay otros caminos para esto, pero el mío ha ido de la mano de tomar compromiso con mi proceso de terapia, de no poner parches, de ir lento y profundo…

De haberme dejado acompañar. Y desde esta experiencia encarnada acompaño.

Hay una última capa en esto que te estoy contando y es que hace tres años conozco el enfoque sensible al trauma de la mano de Jesús Oliva y esa mirada que pone al sistema nervioso en el centro toma mucho sentido para mí; de poco sirve que los pacientes puedan “ver” o “hacer contacto” con sus asuntos en consulta si su sistema nervioso no está en condiciones de procesarlo.

Con la intención de seguir profundizando en esta manera de acompañar, cuando termino la formación con Jesus tengo el privilegio de unirme a su equipo para acompañar a otras personas en este viaje.

En el presente, estoy terminando la formación de Terapia Craneosacral Biodinámica con Carme Renalias desde las ganas y la curiosidad por seguir incorporando en mí los ritmos lentos, de aportar los principios, los recursos y las condiciones para el verdadero trabajo terapéutico. El arte de apartarse sin dejar de acompañar, para permitir que el cambio suceda.

La magia de este trabajo es que dejarme tocar por él ha permeado mi realidad entera.

Siempre intuí que esa “casa” a la que anhelaba volver era yo mismo. Ahora esa casa es habitable y acogedora, y tiene espacio para otros, acoge lo distinto.

Ese niño que ya conocía el valor de la contemplación, la lentitud, el tacto de las piedras y el olor a tomillo sigue estando ahí, de la mano del adulto que ahora soy. Y ese niño comprende ahora que el mundo ya no es un lugar a temer, y que los vínculos son lo más importante.

Y también que no había nada malo en él, sólo mucha torpeza y desconexión en un entorno que no tuvo espacio para su ternura, y que a su vez estuvo muy falto de apoyo. Ese niño que fui comprende ahora que la herida es de todas, y que sanamos juntas.

Si hubiera un «yo», está volviendo a casa.

Y desde ahí acompaño.